Alucinaciones terrenales
Apuntes sobre la obra pictórica de Nicolás Guardiola
Hay algo ahí que empieza a aparecérsenos, y se nos niega a la vez que nos reclama: la imagen.
El trabajo de Guardiola es un incesante ir y venir entre lo vedado y lo ofrecido, una suerte de tránsito fulgurante. Desde una precisión técnica que evidencia un apego al trabajo, incansable, sobre la pincelada, se nos devela un universo frondoso y alucinógeno: el camino del sueño lúcido. Una selva donde reverberan los símbolos como voces traídas de pequeñas historias ancestrales. Guardiola ejecuta el mito y le reverencia. La metáfora es la vía por la que los personajes que crea se dan partitura y movimiento.
El realismo, en este caso, está dado por la fidelidad de los cuerpos, por el logro pictórico de las formas. Guardiola no necesita justificar yerros técnicos con excusas temáticas; muy por el contrario, logra las imágenes con una naturalidad que descoloca por la inserción en un entorno onírico, delirado. Las situaciones, por escenario, son las que quedan a cargo del hilo narrativo. Lo irreal se personifica, se da dimensión y relieve. Aparece la historia. Un guión escrito en el silencio del cuadro, que amenaza con echar a andar en cualquier momento, cuando menos lo esperemos.
Pero también se trata de un tipo de surrealismo: nos encontramos por encima del realismo. La obra sobrevuela lo terrenal, lo consiente y lo trae para sí, hacia una resignificación perturbadora. Ve el mundo y se inserta en el mundo con la potencia de lo fantástico. Ve el mundo, pero no le canta a este mundo. Como en Apollinaire, quien escribe “No canto a este mundo ni a los demás astros/ Yo canto todas mis propias posibilidades fuera de este mundo y de los astros…”. Porque si algo hay en Guardiola es una exploración de las posibilidades, una tan empecinada y tenaz que resulta una demostración de imposibilidades posibles. El límite entre realidad e irrealidad se quiebra, y en esa hendidura comienzan a germinar plantas carnívoras de dimensiones bestiales, sapos gigantescos y otros animales mágicos, entre los que se cuentan el hombre y la mujer. Así también como entre las junturas de las baldosas de las casas viejas crecen tréboles a la humedad, en Guardiola el imaginario es fruto de la exploración del límite trizado, que funciona por aljibe del que vienen a aparecer sus colores.
El ojo del que mira, señala, y se adueña. El ojo de Nicolás Guardiola, en el entendimiento de que “Ni los peces innumerables que pueblan otros cielos/ son más que lentísimas aguas de una pupila remota…” (V. Aleixandre).
Valeria Tentoni
Buenos Aires, 2011.
